26 de julio de 2012

Un viaje inolvidable por el Amazonas hasta Iquitos


Para adentrarse en la Amazonía peruana y llegar hasta su ciudad más importante, Iquitos, hay que tomar un avión o surcar el río durante varios días. Nosotros optamos por tomar un barco de carga en Yurimaguas y la verdad es que la experiencia ha resultado muy gratificante en todos los sentidos.

Para llegar a Yurimaguas desde Chachapoyas tuvimos que hacer trasbordo en un pueblo de nombre de chiste, Pedro Ruiz. Desde allí ya pillamos un bus nocturno que nos dejó directamente en Yurimaguas, la localidad desde donde se toman los barcos de carga que van a Iquitos en tres días. El paisaje había ido cambiando durante el viaje y ya estábamos en la selva y a orillas del río Marañón, que luego se convierte en Amazonas. De Yurimaguas la verdad es que no vimos apenas nada, pues bajamos del bus y con  un mototaxi, descubierto y ruidoso, nos fuimos directamente hacia el puerto.

El puerto donde nos esperaba el Gilmer IV, pues así se llama el barco que nos tocó, era un terraplén con decenas de chicos y hombres que estaban cargando la embarcación. En la parte delantera del primer piso habían colocado miles de hueveras con sus respectivos huevos formando un enorme cubo. Detrás, un gran cargamento de plátanos (150 manojos según su dueño) y a los lados, decenas de sacos y bultos de ves a saber qué. Antes de salir, aún entraron un autobús y un camión. Éramos  pocos y parió la abuela…

Al subir al barco miramos los minúsculos camarotes y optamos por ir en el segundo piso colgados en unas hamacas. Surgió el primer problema: no teníamos hamacas, pero allí estaban ya dos buscavidas que se ofrecieron para ir a buscárnoslas. En dos minutos ya nos la habían vendido y estaban ayudándonos a colgarla. Según la pizarra del barco, debíamos zarpar a las 10 de la mañana, pero hasta las 12.30 no salimos de puerto. En el segundo piso estábamos pocas personas, mayoritariamente extranjeros, mientras que el primero estaba plagado de peruanos. Nos peguntamos a qué se debía esa división, si igual nosotros habíamos pagado un precio superior por ser extranjeros e ir arriba, pero nos dijeron que no, que podíamos ir abajo si queríamos y que si la mayoría de locales decidía ir abajo era porque lo preferían. Como llevamos ordenadores y la cosa arriba parecía más controlada, optamos por no cambiar de sitio y viajar en el segundo piso.

Llevábamos sólo una hora de viaje cuando el barco se quedó varado en las arenas bajo el río, y es que estamos en época seca y la profundidad no es mucha. Por muchas maniobras que se intentaran no había manera de ir hacia ningún lado. En ese momento pasó un barco de la misma compañía que venía de Iquitos y nos intentó empujar, pero nanay de la China, no había manera. Como europeos, debo decir que después de dos horas empezamos a inquietarnos y a mostrar nuestra sorpresa. ¿Cómo podía ser aquello? ¿Igual el capitán era un negado? Pero a la vez nos dábamos cuenta de que los peruanos estaban tan tranquilos y lo veían como algo normal. Incluso los pasajeros del otro barco, seguro deseosos de llegar a destino después de tres días, asistían pasivamente al espectáculo e incluso aprovechaban para comprarle trozos de pastel a una de nuestras pasajeras, que se hizo de oro vendiendo tortas.

Al cabo de dos horas el barco de pasajeros se fue y nos quedamos esperando a que viniera otro a remolcarnos. Cuando llegó el barco que nos debía salvar, las esperanzas eran muchas, pero al cabo de tres horas haciendo la misma maniobra ya vimos que aquello tenía difícil solución. Los extranjeros seguíamos alucinados y empezamos a despotricar, aunque de manera moderada gracias a la pasividad y paciencia de la mayoría peruana (si esto llega a pasar en España, se lía una buena), hasta que se hizo de noche y empezamos a relajarnos pues de nada servía ponerse así. Creemos que fue un error en la archi-repetida maniobra lo que finalmente nos sacó de allí. Poco antes de ir a dormir nos habíamos liberado, pero en vez de recuperar el tiempo perdido, decidieron parar durante la noche y proseguir a la mañana.

Una vez entramos en el ritmo tropical, hemos de decir que nos encantó pasar cuatro días meciendo en nuestras hamacas y mirando el río. Aunque volvimos a quedarnos varados durante un par de horas, aunque la comida era siempre la misma (arroz, plátano cocido y algo de pollo) para comer y cenar, y a pesar de que hubo noches de viento y frío en las que las pasamos canutas, aprovechamos para leer, trabajar, hablar con la gente y hasta hicimos clases de yoga con una chica canadiense que se ofreció a darlas. Vimos delfines rosados saltando por el río, asistimos a maravillosas puestas de sol y nos duchamos en repentinos chaparrones tropicales.

Además, descubrimos la importancia del río para la vida en esta parte de la selva, donde se suceden cientos de pueblos formados por unas pocas cabañas cubiertas con techos de hojas.  Pequeños botes de madera se iban acercando continuamente a nuestro barco para traer o llevarse mercancías o personas. Cuando parábamos en alguna localidad más grande, el trajín de gente cargando y descargando, junto con los locales vendiendo comida típica, acaparaba toda nuestra atención.

Mientras, en el piso de abajo, miraban la tele, escuchaban música, jugaban con animales de compañía como loros o roedores gigantes, y aprovechaban las paradas para comprar tortugas vivas y otras delicias para comer.

Cuando llegamos a puerto, más de un día después de lo esperado, la sensación no fue igual a la de los viajes en los que ansías llegar a destino. Estábamos en Iquitos, sí, pero la vida en el barco había sido tan placentera que por nosotros se hubiera podido alargar un poco más. Pero ya estábamos allí, y cuando una horda de chicos empezó a saltar sobre el Gilmer para descargarlo y “ayudar a los pasajeros”, nos pusimos las mochilas a la espalda y salimos de nuestro letargo para volver a tocar con los pies en el suelo. El viaje había sido una experiencia inolvidable.


Nuestra habitación con vistas


Cargan el barco en el "puerto" de Yurimaguas (las cajas de madera que veis están llenas de huevos)



Lo que deben pesar estos sacos...



Todavía han de entrar un bus y un camión, así que una excavadora se encarga de alisar el terreno para que pasen al Gilmer



Después de una hora de camino, nos quedamos varados, así que el barco en dirección contraria se para a ayudarnos



Mientras seguimos parados, el sol y la lluvia van y vienen



Empieza a caer la tarde y no hay quien se mueva



Llegan nuestros salvadores, que después de horas y miles de maniobras lograrán rescatarnos



Al día siguiente, salimos de nuestros caparazones para empezar un nuevo día



El tiempo se aprovecha de mil maneras



La tormenta de mediodía parece que es sagrada, pues la tuvimos cada día



Y después de la tormenta llega la calma



El segundo atardecer en el río



nuevamente espectacular


El tercer día amanece nublado



pero nos entretenemos viendo los pequeños poblados a orillas del río



La gente espera el barco como agua de mayo



Y en otros sitios ni paramos, son los botes los que van y vienen con carga y pasajeros



Esta es la vista desde nuestra habitación



La comida sigue siendo la misma, pero el trozo de pollo a veces es asqueroso



Otra muestra del tráfico que se llevan...



Y el ambientazo que reina abajo, con tele y todo



Esta es una gasolinera flotante



La tercera noche casi morimos congelados después de una tormenta con viento huracanado. Así amanecimos.



Y así quedó este pobre bote después de ser chafado e una de las maniobras de rescate



Llegamos a Iquitos y entramos haciendo cuña entre dos barcos donde mucha gente ya nos espera para saltar al Gilmer y ganarse un dinero descargando algo.


16 de julio de 2012

Por las ruinas preincaicas del norte de Perú: Huaca de la Luna, Chan Chan, Señor de Sipán y Kuélap


Desde la Cordillera Blanca decidimos proseguir hacia el norte para poder conocer una parte mucho menos visitada del Perú, pero no por ello menos interesante. Llegamos a Trujillo, la ciudad peruana a la que le dieron este nombre en honor a la ciudad natal de Pizarro, en Extremadura, y la verdad es que nos encantó desde el primer momento. La ciudad está llena de edificios de tipo colonial, pero como ha sufrido tantos terremotos, están todos restaurados y pintados de vivos colores, con lo que la sensación de pasear por el centro es muy agradable. La plaza de Armas, con su monumento a la Libertad hecho en Alemania y sus parterres de geranios, también es diferente a las que habíamos visto hasta ahora.

Al lado de Trujillo hay varias ruinas de primera categoría. Nosotros visitamos la Huaca de la Luna, un templo religioso de ladrillos de adobe que con cada cambio generacional se cubría completamente con otro templo que sepultaba el anterior. De momento han descubierto ya cinco niveles o templos, y las excavaciones siguen en marcha, pues en cada uno de los niveles hay sacerdotes enterrados junto con todo su ajuar funerario, guerreros que se sacrificaban voluntariamente después de hacer luchas cuerpo a cuerpo, y muros polícromos con cantidad de dibujos que están ayudando a descifrar la cultura de los mochicas.

Los mochicas o moches vivían en un gran pueblo de adobe entre las huacas del Sol y de la Luna, enormes templos que reciben estos nombres porque a los conquistadores les recordaron las pirámides del Sol y la Luna de Teotihuacán, en México. Nada tienen que ver estas dos construcciones con el culto a los astros. Es más, se cree que la Huaca del Sol fue un centro administrativo, pero allí las excavaciones no han comenzado por falta de presupuesto. Mientras ves a decenas de hombres trabajando en el transporte de arena bajo el sol, resulta muy fuerte escuchar del guía que si a partir de 2016 no se encuentra financiación para seguir excavando en la Huaca de la Luna, quizá decidan volver a cubrir el templo de tierra y así garantizar su conservación.

Cerca de Trujillo, pero hacia el mar, están las ruinas de Chan Chan, posteriores a las de los mochicas. Chan Chan fue una extensísima ciudad de adobe con decenas de palacios en su interior. Visitamos uno de los palacios, que es lo que se ha podido excavar y restaurar parcialmente, y la impresión de entrar en un laberinto de adobe, con los muros en relieve y un seguido de patios enormes que se suceden hasta llegar a un estanque de agua en medio del desierto, es algo mágico. Estos estanques son una demostración de cómo estas culturas consiguieron elevar el nivel subterráneo del agua trabajando intensivamente en los cultivos en las sierras cercanas. Lo más curioso es que una vez se moría el señor del palacio, éste se enterraba junto a la gente más importante para él (mujer, concubinas, guerreros, sacerdote, etc.) y el hijo o heredero debía abandonar el palacio para iniciar su casa en un nuevo lugar.

Desde Trujillo, donde por cierto conocimos a un brasileño y a una pareja de extremeños muy majos con los que, además de la excursión a las ruinas, compartimos una cena y unos pisco-sours, nos fuimos para el norte, a Chiclayo. Allí nos esperaba uno de los museos mejor montados que hemos visto nunca: el del Señor de Sipán. Por la zona encontraron las tumbas de al menos dos gobernantes mochicas, que fueron enterrados junto con valiosísimas piezas de oro, plata, cobre y conchas marinas. Una auténtica maravilla ver estas obras de arte realizadas por orfebres y artesanos de la época. Y el museo está tan bien montado que recorrerlo es un auténtico placer. Lamentablemente no permiten tirar fotos y no os podemos mostrar las maravillas que vimos.

Y ya, para acabar el tour de ruinas preincaicas, nos dirigimos hasta Chachapoyas, a una noche en bus de Chiclayo. Aquí dicen que se encuentra la tercera catarata más larga del mundo, pero nosotros nos centramos en las ruinas de Kuélap, de la cultura Chachapoyas. Esa gente construyó en lo alto de un cerro una ciudad inexpugnable de casas redondas de piedra, para lo que se cree que utilizaron más material que en la pirámide de Keops, pues para nivelar el suelo construyeron una base de unos 15 metros totalmente rellena de piedras. El lugar elegido y las vistas son espectaculares. Lo triste es que aunque realmente la ciudad era inexpugnable, ya que estaba elevada y sólo tenía tres angostas entradas, los incas la cercaron y los chachapoyas tuvieron que rendirse cuando se quedaron sin alimentos. Con los españoles no hubo luchas, pues los chachapoyas pensaron que les habían venido a ayudar contra los incas y se aliaron a ellos. Pero aun así, la crueldad de los conquistadores volvió a manifestarse cuando el virrey del Perú Francisco de Toledo decidió quemarla en 1573 porque la gran mayoría de chachapoyas no se convertía al cristianismo. Aunque el interior está bastante deteriorado, los miles de árboles y bromelias que han crecido con el paso de los años embellecen el conjunto.

Y ahora, de Chachapoyas a Tarapoto, de Tarapoto a Yurimaguas y de allí, en barco, a Iquitos. ¡La selva amazónica nos espera!



La Plaza de Armas de Trujillo



y unas de sus pintorescas esquinas coloniales



La amarilla Catedral reconstruida infinidad de veces



El supuesto altar de los sacrificios de la Huaca de la Luna



y las paredes polícromas que fueron cubiertas por los nuevos templos



detalle que representa a la deidad principal



la fachada principal con todos los frisos al descubierto



con sus magníficos dibujos en relieve



Los perros sin pelo típicos de la zona



La Huaca del Arcoiris con bonitos relieves en forma de serpiente



Llegamos a Chan Chan, la ciudad de adobe



El palacio tenía cientos de estancias con paredes en forma de malla que representaban las redes de pescar y demuestran su vinculación con el mar



Al fondo del palacio se sitúa un gran estanque que servía de espejo para observar las estrellas



Desde aquí se dirigía el máximo dirigente a la población



Después de las ruinas, paseamos un rato en la playa de Huanchaco, paraíso de surfistas



desde allí vemos una hermosa puesta de sol



En Trujillo, nos adentramos en el Club de la alta sociedad en el Palacio de Iturregui



Los salones, aunque desfasados, muestran el esplendor de antaño



Para no ser menos, Xavi tuvo que apañarse una corbata



Un gran descubrimiento fue el Café Museo del Museo del Juguete, ideado por el pintor Gerardo Chávez y llevado por su hermano



Una petición difícil de cumplir...



Vistas desde las ruinas de Kuélap



Aquí sus imponentes muros exteriores



Algunos de los relieves que se han conservado en el interior



y la reconstrucción de una de las 600 casas circulares que contenía la ciudad



Una de las tres entradas cuyos angostos muros dificultaban el paso de los enemigos



Curioso el pliegue producido por la fuerza de las placas tectónicas



El supuesto templo principal de las ruinas (aunque todavía se discute si pudo ser un almacén o una prisión)



Salimos por una de las entradas, en las que se ve la altura de la base de la ciudad entera



Y aquí ya, desde fuera, ¡nos despedimos de tanta ruina y nos vamos para la selva!